CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN El Zarco
- La Voz de Mi Región..

- 17 jun 2025
- 5 Min. de lectura

David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
La verdad es que siglo XIX fue especialmente convulso para México. Tras los diez años iniciales, estalló el movimiento de la Guerra de Independencia que tiene diferentes versiones y valoración sobre sus alcances e impacto. Hay quien dice que fue un movimiento hecho esencialmente por los criollos, en tanto que hay otros que miran a los indígenas de diversos pueblos como sus protagonistas. Hay historiadores que afirman que el movimiento no tuvo un plan bien estructurado, y que se fue conformando de acuerdo a las circunstancias del momento; hay personajes que definitivamente quedaron olvidados de la memoria colectiva como Agustín de Iturribide o Guadalupe Victoria, a pesar de que, con hechos concretos, contribuyeron a lograr la libertad y la independencia, mientras que a otros les parece que se ha concedido a Don Miguel Hidalgo un protagonismo excesivo, muy por encima de Don Ignacio Allende que fue quien tuvo la operatividad de las tropas en los primeros meses de lucha y, desde luego, está la figura de José María Morelos que aunque tiene relevancia en nuestros libros, a mi humilde parecer debiera reconocérsele todo su pensamiento y su capacidad de proyección.
De cualquier manera, la tercera década del siglo XIX, es decir, la de 1820, se pasó entre yerros y tropiezos, tratando de organizar a un país que además de estar inmerso en una crisis política derivada de que no se generó con eficiencia la proyección de un esquema de gobierno eficaz y funcional, también se estaba en medio de una crisis económica que había iniciado más o menos en 1780 con diversos años de malas cosechas y algunas enfermedades. A esta crisis económica también contribuyó la salida de algunos capitales muy importantes de manos europeas y la carencia de México de relaciones internacionales con las que poder iniciar el comercio a gran escala, pues durante tres siglos, toda la actividad de intercambio de productos había sido sólo con los territorios del imperio hispano y muy particularmente con la propia España.
Luego, en la década de 1830 las cosas se agravaron por las ambiciones de algunas naciones al mirar que México no podía sostenerse adecuadamente en pie. Hubo necesidad de conseguir crédito de bancos y de naciones extranjeras y por si algo faltaba, liberales y conservadores comenzaron una tradición de enfrentamientos, asonadas, golpes de estado e intrigas que restaron fuerza a cualquier gobierno en turno. Para la década de 1840, casi al final, México sufrió la más grande de sus crisis, pues tuvo que enfrentar en condiciones de verdadera miseria una invasión norteamericana totalmente abusiva e injustificada, pero, al no poder hacer frente a la embestida, tuvo que perder hasta la mitad de su territorio. Luego, en la década de 1850 a pesar del triunfo de los liberales, la generación de una nueva ley suprema y algunos otros mandatos complementarios, la lucha continúa entre tal facción y la de los conservadores y nuevamente México, por su falta de capacidad de generar acuerdos básicos, es presa de la ambición internacional, esta vez con la invasión francesa y la imposición del Imperio de Maximiliano que, visto con toda objetividad, no fue del todo malo, sino mucho más progresista que los mismos liberales mexicanos.
Desde luego, mientras todo esto sucedía en la superficie convulsionada de la política, el resto de la estructura social continuaba sumergida en pobreza. Había poca industria, escaso comercio, mucha tierra ociosa, comunidades indígenas completamente aisladas y, desde luego, pululaba el pillaje y los ladrones llegaron a ser tan famosos que incluso fueron considerados dentro de la literatura nacional en obras como Los Bandidos de Río Frío, una novela muy representativa escrita por Don Manuel Payno.
Aquí es donde se inscribe otra obra de literatura que deseo compartir con las personas que tienen la gentileza y la amabilidad de concederme su atención y su lectura. Se trata de un librito titulado El Zarco, de la autoría de Ignacio Manuel Alttamirado, en donde se trata, a manera de argumento, el enamoramiento de Manuela, una jovencita relativamente bien acomodada de la localidad de Yautepec en el Estado de Morelos, quien se prende en amores del Zarco, el líder de los bandidos que operan desde las ruinas de la hacienda de Xochimancas y a los que se conoce con el nombre de Los Plateados —llamados así por ser muy aficionados a poner adornos de plata en su ropa y en sus sombreros, presumiendo su supuesta condición de riqueza—, y muy reconocidos por no sólo ser asaltantes, sino asesinos sanguinarios.
En su deslumbramiento por la gallardía del Zarco —un hombre joven y blanco de finas facciones y con los ojos azules, de ahí su apellido, pues tener los ojos zarcos equivale a poseerlos de color cielo—, Manuela desprecia a un hombre sincero que le ofrecía su amor sincero, Nicolás, que era un herrero, pero era de la casta de los indígenas. La joven, sin prestar oídos a los consejos de su madre, una mujer que está muy enferma, terminó huyendo con el bandido, creyendo que con él tendría una vida de placer y de atenciones. La realidad es que El Zarco y sus compañeros viven en el desenfreno, la indecencia, la vulgaridad y lo grotesco. Manuela se da bien pronto cuenta de que se ha equivocado de tajo a tajo. Ahí es cuando valora a Nicolás, un hombre que, aunque pobre y modesto, era trabajador, verdaderamente valiente y honesto.
Entretanto, la madre de Manuela agoniza y en sus ¿últimos instantes pide a Nicolás que busque ayuda de las autoridades para rescatar a su hija de manos de los bandidos. El herrero acude con la policía local y lo que encuentra es que es a él a quien meten a prisión. Allí, entre barrotes, se entera de que Pilar, la prima de Manuela, le profesa el más puro amor y a pesar de que Nicolás se empeña en cumplir la palabra de rescatar a la señorita de manos de Los Plateados, le queda muy claro que su corazón ya tiene otra ruta. Hay un personaje, Martín Sánchez Chayollán que, cansado de la inutilidad de las autoridades, decide organizar sus propias fuerzas para combatir a los bandidos y Nicolás se le une. Los Plateados resisten poco y muchos mueren en la refriega o ahorcados de cualquier árbol. Lo mismo pasa con El Zarco que es ejecutado ante los ojos de Manuela, quien se queda en la orfandad y en la soledad, pues Pilar y Nicolás se han casado.
Está novela se ambiente en los primeros años de la década de 1860. Fue escrita allá por 1884 y lo interesante, más allá de lo sencillo del argumento, es mirar las estampas que nos muestra como escenario, por ejemplo, el ambiente de desolación del campo mexicano, la colusión de las autoridades con los bandidos, la facilidad con que pasaban los hombres de ser soldados de la patria a ladrones y asesinos, ante la falta de un aparato de justicia…
Ignacio Manuel Altamirano, el autor de la obra, fue un indígena nacido en Tixtla, hoy estado de Guerrero en 1834. Destacó desde niño por su singular inteligencia y gracias a una beca pudo estudiar en el Instituto Científico y Literario de Toluca, siendo alumno de Ignacio Ramírez, El Nigromante. Llegó a ser un importante político, diplomático y representante popular, acompañando a Benito Juárez en buena parte de su trayectoria, pero después se distanció de él por los excesos y permisiones que Juárez solía cometer. Fue considerado como uno de los más grandes oradores de México en el siglo XIX, además de un hombre extremadamente culto. Murió En San Remo, Italia, desempeñando labores diplomáticas en 1893.
Ojalá tengan ustedes ocasión de leer esta obra tan singular de la literatura mexicana. Especialmente en estos días en que la lluvia puede acompañar nuestras sesiones de lectura, les aseguro que tendrán mucho placer al recrear a ese México del siglo XIX que a lo mejor no es tan distante del que tenemos en la tercera década del siglo XXI.
¡Caminemos Juntos!









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